18/11/23

EL SILENCIO DE LOS DESPOBLADOS (una reflexión sobre el abandono de los pueblos)

 


Por Mariano Coronas Cabrero (Dir. de la revista El Gurrión):


Solo en la provincia de Huesca, hay centenares de despoblados en ruinas. Hay algo, generalmente común a todos ellos, y es el espeso silencio que uno percibe al recorrer el espacio que ocupan los restos caídos de lo que un día fue una estructura para la vida autosuficiente. Y de aquella autosuficiencia bien pensada y trabajada se pasó, por avatares del progreso, al abandono masivo y, finalmente a la ruina. Hay, como digo, un silencio vital (por la ausencia de vida, claro) que, amplifica otros ruidos y sonidos que la naturaleza genera de forma habitual o esporádica: los silbidos del viento golpeando enloquecido las ruinas; tal vez el chorro de agua de una fuente o el que discurre por un pequeño barranco; los gritos estridentes de algunas aves de paso que sobrevuelan, sin detenerse, el amasijo de piedras, maderos y maleza; el eco de las gotas de agua de lluvia que golpean las cuatro losas o las tejas descompuestas que ya no cubren las estancias de las casas; el bramido de las tormentas y los truenos… Imagina las noches, sin una luz que perfile las formas (fantasmagóricas seguramente) de fachadas en precario equilibrio, calles desiertas, ventanales abiertos, puertas dislocadas, caminos de acceso o de salida…


                                              Despoblado de Espierlo

Impresiona ver casas caídas, paredes enhiestas que han quedado como testigos de mejores tiempos, puertas rotas, tejados hundidos, maleza creciendo y tapando la ruina. Uno imagina que en esos espacios, habitados en otro tiempo, nacían niños y niñas, iban a la escuela, jugaban por las calles y por la plaza; las gentes se afanaban diariamente en diferentes tareas agrícolas y ganaderas y se juntaban para realizar “vecinales” o para compartir tareas como “escoscar” almendras o nueces, desgranar panizo o judías… Celebraban fiestas y romerías y caminaban, cada pocos días, hasta el pueblo más próximo donde hubiera una tienda o algún organismo donde tramitar alguna solicitud, realizar algún trámite legal, consultar al médico… De vez en cuando visitaban a los parientes de pueblos próximos o asistían a las fiestas, ferias o acontecimientos familiares…y, a su vez recibían esas mismas visitas en sus lugares de origen y vida. Cada cierto tiempo, asistían a la llegada del barbero, del herrero, del pielero y de diversos vendedores ambulantes y cada año los visitaba el colchonero, el cestero, el cañicero, el sillero y otros personajes hábiles que dominaban oficios necesarios para convertir materias primas en productos que hicieran la vida algo más amable…


                                  Calle única de San Felices de La Solana

Y un mal día se marchó una familia, otro día se fueron dos y ese goteo fue minando la moral de quienes se quedaron. Algunos resistieron un largo tiempo, pero los hijos empezaron a llevarse, cada mañana cuando se desplazaban hasta el colegio o el instituto más próximos, las últimas fuerzas y optaron por seguir la corriente del río de la vida que, había cambiado de cauce y los arrastraba fuera del lugar donde nacieron… Y la tragedia se consumó el día que salió el último habitante, porque empezó la cuenta atrás. Mientras quedara viva una persona que hubiera nacido o vivido en aquel pueblo, conservaría su nombre, pero ¡ay del día en que desapareciera el último descendiente! ¿Quién volvería a pronunciarlo? ¿quién podría decir con orgullo que había nacido allí y vivido al menos, su infancia -patria inconquistable de cada uno, de cada una-?


                                                        Escuela de Ginuábel

Han desaparecido hasta los gorriones en estos emplazamientos abandonados. Si recorres sus calles, la plaza y miras las fachadas de las casas, las portaladas, la madera de las puertas y ventanas, la torre con el campanario, la iglesia, te asomas en el interior de alguna ruina o de alguna casa medio caída que perdió la puerta que la cerraba, encuentras restos arquitectónicos o viejos útiles que han quedado atrapados en el tiempo de la ausencia y del abandono. Hay una belleza inexplicable en algunos rincones, en algunos objetos, en los paisajes que rodean el emplazamiento… Todos ellos, restos de un naufragio, signos de una civilización, de un tiempo derrotado… Y junto a esa belleza hiriente está la pena del silencio y la soledad en la que quedaron sumidos, tal vez para siempre, unos espacios construidos para la vida que ya solo contienen el negro luto de la ausencia definitiva.


Coda

Y, en medio del naufragio, algunos “robinsones” (masculinos y/o femeninos) se han ocupado y se ocupan de sostener viva la llama, restaurando su casa, limpiando caminos, levantando alguna obra colectiva, organizando encuentros,… con la esperanza puesta en que el devenir de los tiempos dé una nueva oportunidad –en otro contexto económico y de supervivencia- y cese el desplome y la caída de piedra, tejas, maderas y memoria…