6/1/10

LETOSA








Letosa es hoy un pueblo situado lejos de todo, ubicado en un paraje agreste y solitario sobre una pequeña meseta a orillas del barranco de Mascún. Se sitúa en el extremo norte de la comarca del Somontano, en zona lindante con Sobrarbe y también con el Alto Gállego. Es accesible desde Las Bellostas por restringida pista de tierra.

Aparece documentado desde el año 1293. Sabemos que en el siglo XVI era propiedad de la familia Puértolas. En los fogajes de los años 1488, 1609 y 1646 es citado con dos fuegos. En 1950 todavía tenía 65 habitantes.

Durante el pasado siglo XX Letosa abrió siete viviendas; sus nombres eran: Giménez, Molinero, El Herrero, Blas, Sierra, Jorge y Piquero. Se construyeron alineadas sobre un bancal de arenisca en la calle de San Úrbez, única calle del pueblo. A su alrededor se distribuyen los correspondientes edificios de apoyo, brillando con luz propia las bordas, que son magníficas.

El paso del tiempo ha destrozado Letosa, y la maleza ha hecho el resto. En nuestra primera visita, hace unos 12 años, todavía podía apreciarse la línea constructiva de la zona: grandes viviendas con sobrias fachadas y sus correspondientes patios interiores. Hoy en día la ruina, la maleza y el silencio, lo son todo en Letosa.

La iglesia se sitúa al noreste, originalmente fue consagrada a San Jorge, pero en algún momento que desconocemos se le cambió la advocación por la de San Úrbez. El exterior está totalmente engullido por la maleza, haciendo que el acceso a su interior sea una verdadera odisea. Es una obra del siglo XVII; presenta nave rectangular y ábside plano. Interiormente se cubre con bóveda de medio cañón. También tenía torre campanario, lamentablemente en el suelo desde hace un par de décadas.

No muy lejos del pueblo, junto al río Mascún, encontramos el viejo molino de Letosa. A pesar de que su estado deja mucho que desear bien merece una visita. Para llegar hasta el molino debemos tomar el viejo camino que enlaza Letosa con Bagüeste, una vez en el Mascún, sin cruzarlo, bajaremos paralelos sobre el cauce del río hacia nuestra derecha, hasta que nos topemos con el molino.

Las fiestas grandes se celebraban el día 15 de octubre, para Santa Teresa. Las pequeñas eran el día 17 de enero, para San Antonio.


Artículo publicado en El Cruzado Aragonés (agosto 2019).


Fotografía 1; Casa Giménez de Letosa (Cristian Laglera)
Fotografía 2; Casa Javierre en el año 2012, antes de su derrumbe  (Cristian Laglera)
Fotografía 3; Iglesia de San Úrbez en los años 80 (Adolfo Castán)
Fotografía 4; Interior de la iglesia en la actualidad  (Cristian Laglera)
Fotografía 5; Hermosa borda  (Cristian Laglera)


5/1/10

YOSA DE BROTO








Visitar Yosa de Broto causa una enorme sensación de tristeza y desazón, pero aún así, es uno de esos lugares que merece la pena conocer. Se sitúa en pleno valle de Broto, relativamente cerca de Oto, hacia el este. Desde Yosa disfrutaremos de unas impresionantes vistas de una buena parte del valle; es una excursión muy recomendable, sobre todo para realizar en primavera u otoño. 

Llegaremos por medio de un precioso camino de herradura que tiene su inicio en la localidad de Oto,(siempre cuesta arriba) que según dice el cartel que encontramos en la salida nos conducirá en 1 hora y 35 minutos hasta el despoblado. 

Yosa de Broto tenía 63 habitantes censados en el año 1900, los últimos dos habitantes abandonaron el pueblo en el año 1970. El pueblo carecía de abastecimiento de agua y de energía eléctrica, dos motivos que junto a lo complicado de su acceso (nunca tuvo acceso rodado) fueron las causas más importantes para su abandono. Tampoco tenían médico, cuando era necesario había que ir a buscarlo a Broto, al igual que pasaba con el cura, que lo subían en un macho todos los domingos para dar la pertinente misa.

Paseando por entre calles podemos apreciar grandes casonas de piedra y mampostería de dos y hasta de tres alturas en lamentable estado de conservación. Son casas de mampostería que cubren con tejados de losa a dos aguas hoy todas ellos derruidos.

También encontramos algunas interesantes bordas en la parte alta, el crucero, presidiendo a la entrada del pueblo y una bonita fuente de planta rectangular cubierta por bóveda de medio cañón.

Nos vemos en la obligación de citar su iglesia parroquial, dedicada a Santiago Apóstol (s. XVI). Es una iglesia de planta rectangular de dos naves y cabecera recta, además de una capilla lateral. También contaba con una hermosa torre campanario de la que solo queda en pie su lienzo norte, aunque no creo que por mucho tiempo.


Fotografía 1; Llegada a Yosa; crucero  (Cristian Laglera)
Fotografía 2; Iglesia de Santiago  (Cristian Laglera)
Fotografía 3; Cabecera  (Cristian Laglera)
Fotografía 4; Viviendas  (Cristian Laglera)
Fotografía 5; Edificios de apoyo  (Cristian Laglera)
Fotografía 6; Magnífica borda (Cristian Laglera)



VILLOBAS






Villobas es un pequeño núcleo deshabitado enclavado en el valle del río Guarga, a poco más de un kilómetro del molino de Villobas. Sus edificaciones se asientan sobre una amplia planicie en la margen derecha del río Guarga. Una pista de tierra, restringida, enlaza el asfalto de la carretera de “la Guarguera” con nuestro pequeño despoblado protagonista.

Aparece documentado con un solo fuego a finales del siglo XV. Administrativamente perteneció durante casi cien años (1870-1962) a Gésera. Desde entonces pertenece al municipio de Sabiñánigo. En lo eclesiástico su iglesia perteneció al obispado de Huesca hasta el año 1571, posteriormente pasó a pertenecer al de Jaca.

En el año 1920 Villobas mantenía tres casas abiertas, conocidas como: Alta, Media y Baja. En el nomenclátor de ese mismo año aparece con 33 habitantes. Según nuestros datos alcanzó su techo poblacional en 1857, con 39 vecinos censados. Villobas quedó “oficialmente” deshabitado a comienzos de la década de los setenta.

De las viviendas nos quedaremos con la llamada casa Baja; edificio de gran volumen coronado por una magnífica chimenea troncocónica, todavía en uso. Las otras dos casas se hallan en estado ruinoso, lo cual no es obstáculo para que conserven algunos elementos de interés: sobrias fachadas, puertas que despliegan magníficas arcadas de medio punto –una con fecha de 1836– y ventanas adinteladas. A su alrededor se levantan los edificios auxiliares, entre los que destaca una borda y la herrería.

Brilla con luz propia su iglesia, dedicada a la Purificación de Nuestra Señora. Es un templo de cronología moderna, fechable en el siglo XVII. Presenta nave única y rectangular y cabecera de testero recto. El acceso se realiza por el muro meridional, mediante vano abierto por un arco de medio punto con bisel. Poseía coro en alto de madera a los pies. Sobre la cabecera se levanta una torre de escasa altura con dos vanos gemelos para las campanas.

Celebraban las fiestas para la Virgen de septiembre. Había misa, merienda y baile como colofón. Además de la gente del pueblo y familiares venía gente de algunos de los núcleos cercanos.




Artículo publicado en El Cruzado Aragonés en diciembre de 2021.



Fotografía 1; Iglesia parroquial (Cristian Laglera)
Fotografía 2; Cabecera  (Cristian Laglera)
Fotografía 3; Casa Alta  (Cristian Laglera)
Fotografía 4; Clave en la portada de casa Alta  (Cristian Laglera)


VILLAMANA








Villamana es otro de los pueblos deshabitados que se localizan en el interior del valle de la Solana (Sobrarbe). Hay que recordar que se trata de un valle “fantasma” expropiado por la construcción de un pantano “de papel”, que finalmente quedó en un proyecto fallido. A pesar de todo esto más de 1500 personas tuvieron que abandonar sus casas y tierras, ya que la totalidad del valle fue replantado de pino.

El pueblo protagonista del artículo de hoy, Villamana, se construyó sobre una terraza natural por encima del barranco de la Guarga de Cájol. Actualmente la totalidad de sus edificaciones se hallan en ruina, con la única excepción de una borda. Todas ellas están situadas en lo más profundo de un bosque de pino de repoblación.

Villamana está documentado desde el año 1211. Llegó a tener un máximo documentado de cuatro fuegos, años 1488 y 1609, aunque el siglo XX lo inició con tan solo dos hogares abiertos (casas Salvador y Manuel). En el año 1900 tenía 13 habitantes.

Las viviendas son grandes, de dos plantas, con tejados de losa a doble vertiente. A su alrededor se levantan sus correspondientes edificios auxiliares.

A escasos metros de las viviendas encontramos un interesantísimo pajar-secadero alzado en el siglo XIX. Se trata de un edificio de gran interés etnológico, uno de los mejores de toda la comarca. Hasta hace unos pocos años mantuvo la cubierta en pie. Una pena. Es un edificio de planta rectangular y dos pisos. Lo más destacado son sus magníficos vanos, abiertos en cada una de sus cuatro paramentos. En sus últimos años de uso su parte baja cumplió funciones de cuadra.

Además del pajar-secadero que acabamos de citar, el edificio más destacado que encontramos en Villamana es su iglesia parroquial. Es un inmueble de origen románico, que brilla con luz propia. Se construyó bajo la advocación de San Pedro en el siglo XIII. Se trata de una construcción de nave única y rectangular acabada en ábside de tambor. A los pies del muro sur abre la portada de acceso. Sobre ella había un crismón trinitario de seis brazos expuesto actualmente en el Museo Diocesano de Barbastro, al igual que las pinturas que decoraban la cabecera.
          
Carecían de todos los servicios básicos necesarios, cómo el  médico. Tampoco disponían de escuela. Precisamente para poder acudir a la escuela los niños de Villamana tenían que desplazarse diariamente hasta el hoy también deshabitado lugar de Cámpol, a unos tres kilómetros, lugar donde compartían aula con los niños de San Felices y San Martín.

No queremos dejar en el tintero el magnífico camino de herradura de acceso al núcleo. No son muchos metros los conservados, pero sí los suficientes para darse cuenta de la cantidad de tiempo que sus habitantes le dedicaron. Es una delicia poder pasear por él.

Las fiestas se celebraban por todo lo alto el día 25 de julio, festividad de Santiago.


Artículo publicado en El Cruzado Aragonés (enero 2019).


Fotografía 1; Camino de Villamana  (Marina González)
Fotografía 2; Casa Manuel  (Cristian Laglera)
Fotografía 3; Iglesia de San Pedro  (Cristian Laglera)
Fotografía 4; Crismón románico  (Cristian Laglera)
Fotografía 5: Pajar secadero  (Cristian Laglera)
Fotografía 6; Pequeña borda  (Cristian Laglera)




VILLACAMPA







El punto de partida en esta ocasión es la carretera de “La Guarguera”. No es la primera vez que acudimos a esta zona para hablar de unos de sus núcleos deshabitados ni tampoco será la última. El pueblo protagonista del artículo de esta semana es Villacampa. Se sitúa en una altiplanicie en la falda sur de la sierra de Picardiello, con acceso por una mala pista de tierra que tomaremos desde el Molino de Escartín.

Villacampa debió de ser una población importante durante los siglos XI y XII como consecuencia de su situación estratégica en la que parece que residieron algunas familias infanzonas.

Su primera mención data del año 1067. En ella se cita al mayordomo Sancho Garcés de Villacampa, en un documento de la colección diplomática de Fanlo. También sabemos que entre los años 1083 y 1100 tuvo como tenentes a Blasco Garcés y García Jiménez.

Aparece citado con tres fuegos en el fogaje del año 1495. Durante el pasado siglo XX fueron dos las casas que mantuvo abiertas: Royo (o Chirón) y Sampietra. En 1930 Villacampa tenía 18 habitantes.

Destacaremos casa Chirón, que originariamente fue una torre fuerte de tres plantas, obrada por los Villacampa a comienzos del siglo XVII. El aspecto de casa Chirón y de todo el caserío en la actualidad es deplorable. La ruina generalizada y la maleza se encargan, poco a poco, de sepultar cualquier recuerdo de vida humana que allí hubo. 

Queda para el final la iglesia de San Juan Bautista, sin duda, el edificio más interesante del núcleo. Lo más llamativo es su campanario, ya que se trata de la torre de un antiguo castillo. Es un prisma de planta cuadrada de tres pisos de altura, construido con aparejo de sillarejo. Con posterioridad (s. XVII), se construyó la iglesia, unos metros al sur, aprovechando la torre como campanario. En su paño sur se habilitaron dos huecos donde se situaron las campanas, hoy desaparecidas.

El abandono “oficial” de Villacampa se consumó en los años cincuenta. Fue entonces cuando fue vendido a Patrimonio Forestal del Estado, que no tardó en repoblar todo el término de pino.


Artículo publicado en El Cruzado Aragonés (abril de 2019).


Fotografía 1; Llegada a Villacampa  (Cristian Laglera)
Fotografía 2; Edificaciones en ruina  (Cristian Laglera)
Fotografía 3; Torre defensiva  (Cristian Laglera)
Fotografía 4; Campanario  (Cristian Laglera)
Fotografía 5; Vano cegado  (Cristian Laglera)